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Ayer, leyendo la prensa informática como suelo hacer leí un artículo sobre los indignados que se titulaba “una indignada ‘se cuela’ en el Congreso.

Entre otras cosas, me resultó chocante la falta de rigor de un medio de prensa tan extensamente leído en España como es el país. Es algo a lo que tristemente no me acabo de acostumbrar. Para empezar, se dice que ha habido hasta heridos con contusiones leves (11 en total), pero por contra, se dice que no se ha usado la violencia. En fin, quizás no se haya usado la violencia en un sentido estricto, quizás esas personas se han lesionado por accidente, pero incluso cuando fuese así, que lo dudo, viene siendo tristemente frecuente la tendencia a usar la violencia pasiva, es decir, aquella clase de acto ilícito que se hace de tal forma que se fuerza a la autoridad a ejercer la fuerza (violencia) para restablecer el orden público. Imaginemos, por ejemplo, el caso de tres hombres que se encadenan a la puerta de tu casa y no te dejan entrar: Directamente no usan la violencia, pero la originan en sí mismos. Es decir, fuerzan el ser sujetos pasivos de violencia. Esto es lo que denomino violencia pasiva, y creo que es un medio no justificado de presión social, mientras haya medios legales para hacer presión, aunque esto es, por supuesto, discutible y habrá quien no opine igual. Mientras quede en lo moral, perfecto, lo que no se puede es traspasar la frontera de la legalidad.

Sí, habrá quien diga que la policía ha actuado mal, de forma violenta, y puede que no les falte razón, en un sentido estricto. La pregunta sería, ¿la policía está legitimada a la violencia? Lo cierto es que la policía es el brazo ejecutor del Estado. En el Estado de Derecho, la única institución con derecho al uso de la fuerza legítima es el Estado, y para mantener el orden público. Por supuesto, este no es un derecho absoluto, y debe usarse proporcionalmente. Es decir, que si alguien está incumpliendo la ley, la policía tiene que imponer el cumplimiento de la ley, pero sólo deberá usar la fuerza cuando ello sea necesario, y sólo la mínima fuerza necesaria. Esto es algo que en los periódicos tiende a obviarse, intencionalmente o no; que la policía ejerce la violencia porque debe (en los límites antedichos), mientras que los demás, si ejercemos la violencia (de cualquier tipo)  no estamos legitimados a ello, en principio. Por suerte o por desgracia, la policía ha de asegurarse que delitos como los cometidos ante el Parlament de Cataluña no se repitan, a parte de tener que vigilar la seguridad del orden político y social, que de nuevo es su deber. Distinto sería si no hubiese cauces legales para actuar y viviésemos en un Estado totalitario. Por suerte, no es el caso.

Aclarado este punto previo que considero importante en relación con la narración de los hechos pasaré a ocuparme de lo que da nombre a este artículo. Según el país “Los indignados tenían previsto entregar hoy a los diputados un documento en el que recogen los problemas que les han transmitido en los pueblos de toda España durante la marcha popular de más de un mes que culminó el pasado sábado en la capital y que ha cruzado la península. Y lo han hecho y no por la fuerza, sino valiéndose de un truco. Como la Policía impedía el acceso a las inmediaciones del Congreso a quienes los agentes consideraban indignados, en función de su aspecto físico, cinco de ellos, tres chicas y dos chicos, se han vestido de manera elegante. Camisas y pantalones de pinzas, ellos, y vestidos y sandalias, ellas. Así, han logrado sortear el cordón policial, tras lo que han dicho a los agentes que iban al hotel Palace, situado frente al Parlamento.”

A tenor de esto, gente ha comenzado a comentar la “vergüenza” que es que los policías traten a las personas de una u otra forma según como vistan. Indudablemente, que se trate a una persona según como viste de una forma u otra es motivo de indignación por la arbitraria discriminación que supone, pero la pregunta que cabe plantearnos es: ¿La policía ha dejado pasar a los “indignados” bien vestidos porque iban bien vestidos? Lo lógico es pensar que no: Si en lugar de decir que iban al Palace hubiesen dicho que eran indignados y que iban “a colarse al Congreso” no les hubiesen dejado pasar con toda seguridad. Lo evidente es deducir que la policía no se ha dado cuenta que eran indignados.

¿Supone esto una discriminación por la forma de vestir? Es decir, ¿se discrimina a quien viste “perrofláuticamente”? Pues quizás, pero no creo que esto permita dilucidarlo. Y me explico: Si la reunión-manifestación hubiese sido en vez de de gente del Movimiento 15-M, de miembros de los Testigos de Jehová, es casi seguro que no habrían dejado pasar a una persona que vistiese en camisa blanca y pantalones de traje negros. ¡Y eso que van bien arreglados!

Es indudable que la policía no es adivina, y para retratar a las personas como miembros de un grupo, se basa en signos identificativos del mismo. Por ejemplo, si tienes la cabeza rapada hay más posibilidades de que seas un skinhead que si llevas el pelo a rastas. Es evidente que las personas tendemos a retratar nuestro grupo social adoptando poses, discursos y tendencias del mismo, con una doble intención: Unificar el grupo, de manera que puedas reconocerte con la gente de tu sector, y en segundo lugar, que la gente que no es del grupo pueda identificarte como un miembro del mismo. Es decir, las personas nos auto-etiquetamos. Si nosotros mismos nos autoetiquetamos, ¿por qué nos molestamos cuando los de fuera leen los símbolos que hemos escogido y también nos etiquetan? Entendemos que se nos está prejuzgando, y en parte puede ser cierto, hay quien tiene muchos prejuicios respecto de ciertos sectores sociales, pero, en cierta medida, al adoptar tales identificaciones externas, ¿no pretendemos que nos reconozcan, nos identifiquen, y por tanto, nos etiqueten a priori?

Por tanto, es absurdo que entendamos que el que por vestir uniforme de bombero se nos identifique como un bombero es discriminatorio. Lo mismo, con los uniformes creados por las tendencias sociales: Es absurdo que por que al vestir un uniforme se nos identifique con el colectivo, nos podamos sentir discriminados. Al fin y al cabo, nos uniformamos solos. Y aún más absurdo es que un periódico de gran envergadura, como el País, obvie, intencionalmente o no algo tan evidente como esto. Cualquiera diría que es que estamos deseando de tratar a la policía como un colectivo de malvados opresores.

Nuestra democracia tiene defectos. Eso no es ningún secreto. La falta de transparencia de las cuentas económicas de los entes públicos que facilitan la gestión ineficiente de los recursos del Estado podría ser uno. Otro podría ser la lacra que supone la falta de una verdadera separación entre Poder Judicial (y demás personal de la Administración de Justicia, presuntamente imparcial, como sería el Ministerio Fiscal, que nunca me cansaré de reclamar su independencia del Gobierno), que no es casualidad que desde Montesquieu se venga exigiendo para que exista un sistema justo y eficiente, una verdadera separación de estos. Otro podría ser la falta de rigor de los medios informativos, y el hecho de que en España, muchos parezcan esperar a ver qué dice la televisión para opinar, en vez de pensar por sí solos con sentido crítico; de forma que tenemos una enorme cantidad de ciudadanos que no tienen criterio propio más allá de los titulares del día (y nuestros políticos, son muy similares, lamentablemente: Con el 15-M todo eran halagos hasta el día de los disturbios en el Parlamento Catalán. Al día siguiente, todo eran ya críticas, tras los medios pronunciarse).

Pero ahora llegamos al que va a ser el centro de esta reflexión. Se señala que existe el siguiente defecto: Que los políticos realmente, no representan al pueblo. Esto es posible, quizás por la presión de los distintos lobbys, desde el ecologista al empresarial, pasando por el feminista, el religioso, el periodista, la SGAE y los famosetes, y otros tantos (ahora también el lobby indignado, que al fin y al cabo, es un grupo de poder mediático y social, y eso no podemos olvidarlo). Quizás, podría solucionarse esto por medio de alguna regulación, pero hay que tener mucho cuidado de que por tal de no tratar de conseguir que el Estado sea independiente, lleguemos a aislarlo, de forma que actúe de espaldas a la sociedad, para que esta no pueda presionarlo. No sé si sería peor la absoluta falta de presión de lobbys sociales o el exceso en su intervención, pero obviamente, ambos extremos resultan malos. Hay que buscar el apropiado punto medio, o eso pienso yo.

Sin embargo, desde el lobby indignado la solución ha sido solicitar un mayor intervencionismo ciudadano en el Estado. A menudo, se promovía esto bajo el lema “Follar cada cuatro años no es tener vida sexual, ni votar cada cuatro años es Democracia” o similares. Dejando a parte la frivolización de un asunto tan serio al comparar follar con decidir como se va a administrar el Estado, hay que aceptar que es cierto que si todos los ciudadanos votasen sobre todo asunto estatal, la representatividad y poder de decisión del ciudadano serían mayores. ¿Significa eso que sería el sistema más democrático? Depende de qué entiendas por Democracia. La Democracia radica en que el poder reside en el pueblo de la nación, del que emanan los demás poderes públicos, que han de ser independientes. Estos poderes públicos han de administrar el Estado y la sociedad por delegación de este pueblo soberano. Para hacer un ejemplo simplista pero comprensible, sería como si un conjunto de hombres tuviesen unas propiedades y escogiesen entre todos quien las administrará por un tiempo. ¿Podría decirse que son menos propietarios de sus propiedades si a su encargado para administrarlas lo eligiesen por cuatro años que si lo eligiesen por uno? Similar sucede con la Democracia. No por haber delegado por más o menos tiempo es el sistema más o menos Democracia. Es cierto que puede estar más o menos directamente dirigido por los ciudadanos, lo mismo que uno puede gestionar sus bienes de forma más o menos directa.

Pero propiamente, entonces, ya no estamos hablando de exigir más Democracia, sino una gestión más directa del sistema por los ciudadanos, que es otra reivindicación distinta. Hecha pues, esta delimitación de lo que realmente se está pidiendo, cabe plantearse si el sistema alternativo que se propone es óptimo. Creo que, para que se pueda entender mi opinión en su contexto, conviene que señale que yo, aunque indignado, no soy un indignado. Parece un trabalenguas, pero es que en España parece a día de hoy que no puedes estar indignado con el sistema y pedir cambios, si no los pides como indignado. Y eso no es así, todos podemos, y debemos, actuar con espíritu crítico, y no simplemente seguir a la masa como lemmings. Y sucede que yo no estoy de acuerdo con las reivindicaciones hechas por los indignados, aunque no por ello deje de pensar que hay que cambiar cosas (y muchas). Dicho esto, quizás ayuda a comprender mi opinión en lo que voy a decir a continuación, que sintetizaré en una frase: Un sistema de democracia directa estricto es un sitema excluyente y desigual, precisamente porque trata de igual manera a quienes no están en la misma situación.

¿Pero qué barbaridad estoy diciendo? A simple vista, puede parecerlo: ¿Cómo va a ser excluyente un sistema que permite a todos decidir directamente sobre todos los asuntos estatales? ¿Cómo va a ser desigual un sistema que da a todos el mismo derecho a intervenir directamente con su voto en cada decisión política? Pero ambas cosas es, o mejor dicho, yo entiendo que es ambas. Y me explico: En el sistema de elección de representantes, todos los ciudadanos tienen derecho a escoger quien quieren que les represente, seleccionando a aquel individuo o partido que más les representa y votándolo. Como esto se hace, en el caso español, cada cuatro años, no hay impedimento alguno para que todos los ciudadanos que quieran puedan ir a elegir a su representante; y de esta forma, las elecciones resultan tan representativas de lo que la sociedad en su conjunto quiere como es posible que lleguen a serlo. Así, podría desplazarse a votar tanto el pequeño agricultor que vive en una zona apartadísima, como el que trabaja ocho horas diarias y estudia a la vez una carrera, como quien está en paro, es un estudiante, o vive de sus padres; y esto es porque hacer esto una vez cada cuatro años es un sacrificio pequeño. Así, son tratados igualmente las personas que tienen que hacer un sacrificio igual: Esto es igualdad.

¿Qué sucede, pues, en el sistema de democracia directa para que tenga efectos excluyentes y de desigualdad? Pues muy sencillo, que el hecho de que el ciudadano pueda intervenir en todas las decisiones conlleva que tenga la responsabilidad de estar pendiente de todas las votaciones, y esto no es igualmente sencillo para el pequeño agricultor que vive en Sierra Morena que para el madrileño que vive en Sol. Pero es que, dentro de los que viven en la misma Madrid o en ciudades grandes, no es el mismo sacrificio para quien trabaja ocho horas diarias y luego al llegar a su casa tiene una persona dependiente a quien debe cuidar (o por ejemplo, tiene trillizos pequeños) que para quien no trabaja, o trabaja en un trabajo de media jornada.

¿A qué nos lleva esto? A que en un sistema de Democracia estrictamente directa, es decir, sin representantes, el poder queda, finalmente, distribuido de forma desigual: Las personas apartadas de los núcleos son menos representadas. Aunque teóricamente tienen el mismo poder de voto, de facto tienen que hacer mucho más sacrificio para ejercer este poder; se produce el tratamiento igual de supuestos desiguales, y eso es desigualdad. El trabajador o quien dedica todo su día a formarse es menos representado. Finalmente, quien queda más representado es quien vive de la propia política y de las subvenciones y subsidios, o del trabajo público, quien no trabaja y malvive, y los estudiantes (pero no los que se tiran todo el día trabajando para formarse a tope, sino los menos esforzados que tienen mucho tiempo libre para gastar en el idealismo propio de la juventud; que ya querríamos todos tener ese tiempo).

¿Es esto justo? Este es el principal problema que yo veo en el sistema Asambleario del Movimiento 15-M. ¿Cómo va a representarme un movimiento asambleario a mi, que no tengo apenas unos minutos libres al día porque estoy esforzándome por llegar a ser una persona formada para poder prestar un servicio de calidad a mi país y a mi prójimo, igual que a quien tiene todo el tiempo del mundo para estar en la acampada? ¿Cómo va a representar este sistema igual al fontanero que trabaja ocho horas diarias o más (porque los pobres autónomos se desloman, y son los que mantienen este país a flote, pagando impuestos para mantener a otros que no pagan a penas nada) que al estudiante que estudió Historia del Arte que, aunque como educación es genial porque da mucho bagaje cultural, apenas tiene salidas; cosa que él ya debía saber al tiempo de entrar en esta carrera; pero que ahora, lógicamente, se encuentra en paro?

La solución a esto vendría a ser que, para representar a aquellos indignados que no pueden estar presentes físicamente en todas las Asambleas, pero que quieren que su voz sea escuchada, se organizase un sistema de representantes. Pero esto sería tremendamente irónico, porque vendría a significar la adopción de un sistema representativo, y asumir que, por tanto, el sistema representativo es y puede ser justo. En mi opinión, sería un gran avance para el Movimiento, porque permitiría integrar a mucha gente más en esas Asambleas. Pero claro, eso significaría reconocer que no todo es blanco o negro en esta vida, y que aquello contra lo que se lucha no es del todo malo. Y en España, quizás por falta de ese sentido crítico (y de autocrítica) al que hacía referencia antes, parece que el reconocer un mérito al oponente debe ser una causa de mil males, porque yo creo que las veces que ha pasado y yo lo he visto las puedo contar con los dedos de una mano.

¿Significa que yo creo que el sistema de Democracia directa es malo? No, ni mucho menos, es un sistema con sus beneficios y sus defectos, y no es ni mucho menos el peor de los sistemas. Pero eso no significa que yo crea que es la solución al problema de la política actual. Preguntaréis: ¿Por donde pasa, pues, la solución para que el sistema representativo nos represente más? Yo entiendo que pasa, y es una opinión personal y podría equivocarme, fundamentalmente, por la absoluta transparencia de cuentas públicas (con la excepción de materias de seguridad estatal). Porque si las cuentas fuesen públicas, ¿me diríais que no se destaparían muchísimos de los desmanes de aquellos políticos corruptos habiendo tantísima gente indignada con su gestión y dispuestas a revisarlas? De hecho, ¿creéis que se arriesgaría igualmente un político corrupto a meterse en el bolsillo, o meterle en el bolsillo a su amigo, tres mil euros, si sabe que es mucho más probable que le cojan y se quede sin trabajo? Y si no se atreve con tres mil euros, porque puede perder mucho más, ¿creéis que se atreverá con millones, que es una cifra que canta mucho más y donde seguro le cogen?

Y si a esto le añadiésemos una Fiscalía independiente del poder político, con un departamento especializado en tratar de detectar en estas cuentas cualquier desfalco, ¿cuantos casos de corrupción creéis que se podrían evitar? Y una vez el político no fuese corrupto, gracias a un sistema de control eficiente, ya solo nos quedaría a los ciudadanos la responsabilidad de no escoger a los estúpidos, sino a los eficientes… aunque a veces parece que muchos votan según quien le cae bien, y no quien cree que va a administrar mejor su dinero y el de todos. Pero bueno, eso es otro tema, y daría para otro artículo.

En España, tenemos actualmente un debate sobre la posible privatización de servicios, así como la salida de muchos funcionarios elegidos a dedo de las Diputaciones Provinciales (como es el caso de Castilla la Mancha). Aquí, de forma puramente teórica, voy a tratar de abordar los efectos de la elección “a dedo” o discrecional en un cargo, en relación con la selección de cargos en la empresa privada.

Empecemos señalando que en España hay una enorme cantidad de funcionariado escogido discrecionalmente por la clase política dirigente. Teóricamente, la selección discreccional se basa en dos argumentos:

- 1: Se alega que si se le selecciona discrecionalmente, hay una relación de confianza entre seleccionador y seleccionado. Y presuntamente, esto debería ser bueno para que trabajen mejor conjuntamente.

- 2: Se elige discreccionalmente, como discreccionalmente elige el empresario. Si al empresario le funciona, a nosotros también, ¿no?

Empecemos con el primer argumento: Dejando de lado que podamos dudar que la relación de confianza sea positiva, porque la verdad, yo dudo que “tu amigo”, o la persona que sea afín a ti sea necesariamente más productiva trabajando a tu lado que aquella con quien no compartes relación alguna; tenemos que plantearnos lo siguiente: Si la elección a dedo se basa en una relación de confianza entre el actual dirigente y el próximo… ¿qué pasa cuando este cambia? Porque en Democracia, lo sano es que haya una alternancia política, y cambio de dirigentes. Bueno, pues pasa que se encuentra el nuevo dirigente con un funcionariado “leal” al anterior dirigente. Y esto no es para nada positivo, si consideramos que la confianza es necesaria en estos cargos. Si consideramos que no es necesaria esta confianza: ¿Entonces para qué elegirles a dedo en vez de por su habilidad?

En cuanto al segundo argumento: Elegir por libre designación, como hace el empresario. Si al empresario le funciona, al Estado también. En principio, podría parecer que este es un argumento lógico, pero no lo es. La razón es la siguiente: Todo empresario busca, a priori, su beneficio y el de su empresa. Esto significa que contratará a la mejor persona (teóricamente al menos) para cada cargo, porque ello significará mayores beneficios para él y su empresa. Esta lógica es fácil de seguir, y por eso funciona la selección de personal en la empresa privada.

¿Pero por qué no funcionaría este mismo sistema de elección discrecional para cargos públicos? La razón es la siguiente: El empresario elige a los mejores para un cargo, porque ello le reporta beneficios. Sin embargo, ¿reporta beneficios al dirigente político el escoger al mejor para cada cargo? Mi conclusión es la siguiente: “No, al dirigente político le perjudica escoger al mejor trabajador, y le beneficia escoger al inútil para el mismo”.

Alguno diréis: ¿En qué me baso para hacer tan tajante afirmación? Me explicaré: Imaginemos dos personas ideales. La primera, A.L.C. es una joven que desde que terminó su carrera ha pasado ocho horas diarias formándose (pero ocho horas en serio, no ocho horas en la biblioteca mirando el FB o el tuenti), habla dos idiomas, más su idioma materno; tiene una formación integral, lee y escribe artículos legislativos, y en su tiempo libre le gusta leer filosofía, psicología y continuar formándose en todos los ámbitos posibles. En el otro lado, tenemos a L.S.G, que es un chico que durante su carrera aprobó todo con cincos “pelaos”, saliendo de jueves a sábado, y a veces más, y viviendo de sus padres. Ahora, apenas ha conseguido trabajar tres o cuatro veces durante los meses de verano, pero no está dispuesto a trabajar ocho horas diarias estudiando idiomas y formándose para encontrar un trabajo. Como ha terminado la carrera siente que por tener un título tiene el derecho a un trabajo bien remunerado y cómodo y que no tiene que trabajar más para obtenerlo… pero pasa el tiempo y no lo obtiene, y empieza a estar desesperado.

Ahora, veamos los efectos de que el dirigente político escoja para su cargo de libre designación a nuestra A.L.C. o a nuestro L.S.G. Imaginemos que escoge a la ultra-competente A.L.C: Hace su trabajo de forma excelente, pero… ¿eso beneficia directamente al político? A.L.C. no siente ningún sentimiento de lealtad hacia el político. Ella sabe que es una persona competente y sabe que hace su trabajo excelentemente y que merece el puesto con creces. Le da igual que el dirigente político que la eligió siga o cambie a otro, porque sabe que cuando llegue uno nuevo seguirá igual: Seguirá en su cargo porque es muy buena en él y eso cualquiera puede verlo.

Por contra, L.S.G. resulta ser un incompetente total en su trabajo… y él lo sabe. Pero ha sido escogido por el dirigente político de turno de igual forma. Se siente agradecido y leal a su benefactor, ese político que le ha puesto en su sitio a dedo, porque sabe que si no fuese por él, nunca habría llegado a tener ese trabajo. Y no sólo eso, sabe que sigue en su puesto porque su jefe político quiere, y que sino lo echarían. Así que se siente agradecido, porque siente que le están haciendo un favor. Esto beneficia al político que ha elegido al mal trabajador L.S.G., porque es seguro que ganará su voto, el de su esposa e hijos mayores, si los tiene, y con suerte, quizás hasta el de algún hermano o pariente próximo que votarán para que no cambie el gobierno del municipio y a su familiar (que todos saben que es un inútil) lo echen a la calle. Y aquí está el meollo de la cuestión: Este personaje no sólo se siente agradecido a su jefe político, sino que además teme que si cambia la jefatura, puede que él sea despedido por su incompetencia. Así, este inútil se convierte en un elemento de anquilosamiento del sistema, un reaccionario que de cualquier forma evitará que cambie de manos el gobierno, dentro de sus posibilidades. Así, vemos que al político no le interesa ser eficiente en su elección de personal, al menos teóricamente, y en principio.

¿Qué solución tenemos a esto? Movilizarnos contra la Dedocracia, que es un sistema que se autocorrompe, porque al administrador le interesa que vaya mal, como he puesto de manifiesto. Exigir que el acceso a la función pública sea por medio de oposiciones (ya sea puras o concursos-oposición), y exigir, así mismo, que el sistema de funcionamiento de las oposiciones sea público; especialmente en el caso de los concursos-oposición, donde a menudo las entrevistas en que presuntamente se puntúa el mérito y adecuación al cargo del nuevo trabajador acaban convirtiéndose en un sondeo para ver si eres afín al partido político gobernante, desechándote si no lo eres.

La transparencia en la elección de cargos públicos, y el viaje hacia la teoría del mérito, son duros, y exigentes, y puede que tú y yo nos veamos perjudicados en algún momento puntual de nuestras vidas, en el que podríamos haber sido “enchufados”, pero al final, en conjunto, será lo mejor para todos. Y esta sí que es una exigencia que creo, todos podemos compartir y solicitar a la clase política.

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